domingo, 20 de febrero de 2011

Milan, Milan

Dame la mano, Milan, que afuera está fresco, y adentro está triste. Que los besos del cielo son redondos y claros. Que la luna se ve surreal y hermosa, y aquí en el centro, me falta la risa, me falta el latido, me falta el temblor de su mano en la mía.
Como un escalofrío, me llora el durazno, que lo están abriendo, que el carozo es un cacho de semilla, pero en el basural no crece, y me llora, me llora que ha sido una buena fruta.
Si abriera el cuerpo y le tirara el corazón palpitante a la cara,¿notaría él que las palabras son perforantes, boxeadoras?
Como en el cuadro de Monet, en el que lo vi un día, y lo escribí botecito, meciéndose en el río. Y lo escribí pez en el agua cristalina, y lo escribí estrella cumpliendo deseos.  El cuadro no está ahora en el living, pero él tan fácilmente puede ser el retoño eterno de esa flor.
¿Cómo puedo ahora, cómo, abandonar la literatura, cómo dejar la terrible metáfora que lo alimentó y lo creció, que lo llenó y lo agrandó?
Yo sé, Milan, ay, yo sé, que las metáforas son granadas gordas que te destruyen la razón, carozos locos que germinan amores naufragantes.
Vamos, che. Me lo hubieras dicho antes de conocerlo, y quizá hoy su boca no sería el terrible cadalso de querer eso que se aleja y se retuerce en las palabras dulces. El suplicio de soñar un beso, de desear una palabra, de recordar un abrazo y un bombón de chocolate.

Ey, Milan, es insoportable el peso de lo que sientes que se repite eternamente, en el mundo o en la cabeza. Mis sueños se pueblan y se vuelven a poblar de él.

¿No me podrías haber puesto tu libro en las manos hace rato, antes de conocerlo? Me habrías salvado de tantas palabras al divino botón. De tantas charlas con el aire. De tantas lágrimas malgastadas.

Pero ahora lo sé; y de nuevo no pasa, lo juro.